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¿Por que los brasileños silbaron en masa a Dilma Rousseff?

Una presidenta con excelente imagen se vio acosada por una protesta por el boleto de ómnibus. El mundo vio el gesto en la Copa Confederaciones

Un grupo de presión social de escaso éxito durante siete años explotó esta semana en Brasil y se convirtió en una amenaza para el gobierno. Ni sus fundadores creían que “Movimento Passe Livre” (MPL) iba a conseguir tantos feligreses en tan poco tiempo.

Creado como protesta por el boleto de ómnibus, MPL siempre creyó en la legitimidad de su reclamo. Sin embargo, una coyuntura política mucho más compleja -y que lo excede largamente- provocó la mayor rechifla pública contra un presidente desde la dictadura militar de los años 60.

Rouseff, una dirigente con una imagen muy positiva, fue silbada en público durante la inuauguración de la Copa Confederación. La violencia fue de tal magnitud que hasta el presidente de la FIFA Joseph Blatter pidió respeto para la investidura de esta exguerrillera, descendiente de búlgaros que heredó a Lula por derecho propio y hasta ahora es una de las políticas más populares del país.

¿Qué pasó para que Dilma se haya convertido de la noche a la mañana en emblema de los malos de esta tierra? Ciertamente no es un problema que haya comenzado con ella. El 14 de junio, cien mil personas salieron a protestar en Río de Janeiro. Más de 65.000 lo hicicieron en San Pablo y otro tanto en Fortaleza, Maceió, Porto Algre, Curitiba y Belo Horizonte, por solo mencionar algunas urbes del país continente.

Se estima que fueron centenares de miles los ciudadanos que, sin ningún lider visible, clamaron primero contra la mala gestión del transporte, y luego por el estratosférico costo del Mundial, la corrupción y la violencia policial.

El MPL y sus socios quieren que el transporte sea gratuito. Meses atrás esas marchas eran de apenas más de 1.500 personas. Pero desde que el alcalde de San Pablo, el trabalhista Fernando Haddad anunció principios de junio que subiría el boleto, el aire político se enrareció en progresión geométrica.

El billete pasó de costar 3 a 3.20 reales. La diferencia es nada. Sin embargo, la relación salario-boleto hizo estallar al ciudadano promedio, que no entiende por qué el Estado no puede subsidiar el 100% del transporte público.

El paulista paga la tarifa de autobús más cara del mundo en relación a su salario, según un cálculo que han hecho dos economistas de la Fundación Getúlio Vargas, para el diario Folha de San Paulo. El debe invertir casi 14 minutos para desquitar el costo, el doble que en la mayoría de las grandes ciudades del mundo.

El alcalde ya explicó que volver gratis el transporte supondría un gasto para las arcas públicas equivalente a 2.000 millones de euros, con lo que habría que aumentar el doble los impuestos locales. Argumentó también que si hubiese subido el precio con arreglo a la inflación el billete costaría 3,47 reales. Un 32% estará subvencionado por el Ayuntamiento, si se mantienen las condiciones actuales.

Cada día, 4,5 millones de viajeros toman el autobús en San Pablo, una ciudad de casi 11 millones de habitantes. El número de usuarios ha aumentado un 142% desde 2003, mientras que la flota de vehículos solo creció la mitad.

La gestión de los 15.000 autobuses se acaba de adjudicar a siete concesionarias para los próximos 15 años por 16.000 millones de euros (el presupuesto anual de la ciudad son 14.700 millones), según informa El País de Madrid.

Lo que terminó de complicar al gobierno nacional es que la protesta fue mal manejada por el operativo de represión. La manifestación del jueves terminó con 81 manifestantes heridos (entre los que había siete periodistas de la Folha de S. Paulo) y 42 policías.

A partir de entonces la situación dio un giro. Elio Gaspari, uno de los periodistas más prestigiosos del país, columnista de O Globo y de la Folha, escribió un artículo donde explicaba que tras recorrer dos kilómetros de manifestación pacífica pudo comprobar cómo fueron 20 agentes de la Policía Militar quienes iniciaron las agresiones.

La presidenta brasileña, Dilma Rousseff, quiso bajar los decibeles. Calificó como "legítimas" las manifestaciones y “propias de la juventud”.

Rousseff, que se independizó de la imagen de su mentor y ha demostrado independiencia y carisma propios, está preocupada porque este asunto incidental está cambiando su ecuación política.

Su imagen descendió desde el 65% en marzo hasta el 57% este mes de junio, según los datos arrojados por la encuestadora Datafolha. El 33% considera "regular" su gestión y un 9% la desaprueba.

Los expertos coinciden que el boleto de ómnibus dio una sacudida a la popularidad de Dilma, pero nadie sabe hasta qué punto otros asuntos -como “el mensalao”, el caso de corrupción que se arrastra desde Lula Da Silva- no viene influyendo en este cambio de humor del brasileño promedio.  

 

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