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Errare humanum est

Este fin de semana, en la rigurosa "Bundesliga" se vivió una curiosa situación cuando el árbitro hizo uso de la ayuda por video

Hace unos días, Pep Guardiola, plantado en conferencia de prensa hizo una pataleta inesperada. Según el catalán, en un fútbol cada día más rápido, la ayuda del VAR (Video arbitraje) resulta indispensable. Llevado el tema a voto democrático en la “English Premier League”, Manchester City, su equipo, dio el si pero los poderosos Chelsea y United se opusieron desatando la ira del DT que marcó un antes y un después en el lujoso andar de Barcelona.

Este fin de semana, en la rigurosa “Bundesliga”, donde el sistema de ayuda a los jueces ya ha sido implantado, se vivió una curiosa situación. El árbitro hizo volver a los futbolistas que marchaban al vestuario porque el apoyo de la imagen le había permitido descubrir un penal que sus ojos no habían percibido. Fue en Mainz-Friburgo.

Nuestra estructura arcaica, de instituciones que rezan para que sus partidos no den déficit, donde un equipo se baja de la competencia el día antes del campeonato y en el que las estrategias de los entrenadores apuntan a coleccionar amarillas que permitan purgar la suspensión por la quinta acumulada cuando haya que jugar contra ese club fantasma, no hace presagiar la implantación del VAR a corto plazo.

¡Así que tranquilos…!

Los lunes abriremos los grupos de WhatsApp con quejas hacia los jueces, no faltarán tuits belicosos, testimonios gráficos dudosos o arengas dirigenciales contra el colegiado que perjudicó a los suyos al no ver una falta que el hombre del traje gris detectó en la octava repetición de la jugada.

Acá hay que ganar en todas las canchas siempre se proclamó en las arengas presidencialistas.

De todos modos, la situación me recuerda cuando con 20 años, en plena redacción del desaparecido diario “El Día”, un experto en informática me aseguró que en un futuro iba a leer las noticias en una pantalla. “El papel será historia”, me afirmó con convicción.

Cuando uno mira las viejas jugadas del siglo pasado no puede más que sorprenderse.

Espacios enormes, lentitud que exaspera, cuerpos pesados, movimientos toscos y brutales patadas que no quedaban registradas en el “replay” al que un despistado y veterano narrador le adjudicó un gol cuando se ponía de moda en las emisiones televisivas. Al ver la palabra en la pantalla, y ante la duda del autor del gol, pensó que los Dioses habían tocado el teclado y lo ayudaban colocando el nombre del artillero en una esquina de la TV: “Señoras y señores… Replay marcó el gol”, sentenció orgulloso.

Walter “Indio” Olivera, recio capitán de Peñarol en épocas lejanas, me confesó que en estos tiempos no resistiría quince minutos en la cancha. “Las imágenes habrían acabado con mi carrera”, afirmó.

La honestidad del zaguero, que alternaba temperamento, fuerza, codazos y patadas en su juego, contrasta con el silencio de otros próceres del juego sucio como los integrantes del famoso Estudiantes de la Plata multicampeón donde alfileres, bidones contaminados y otras trampas eran moneda corriente.

Pelé o Maradona fueron víctimas de brutales cacerías. O Rey no terminó un mundial y el Pelusa coleccionó recuerdos de batallas carniceras en todo su cuerpo.

Hoy día, cuando escucho que el VAR deshumaniza el deporte no puedo más que asombrarme. Me declaro un fervoroso amante del aquí y ahora. Celebro cada paso de los cracks de estos tiempos para sepultar míticas marcas de antaño. Por lo tanto, también me declaro a favor de tecnologías que nos ayuden a minimizar fallas humanas. No todo tiempo pasado fue mejor.

Desde que fue utilizado por primera vez en el Mundial de Clubes 2016, el Video Assistant Referee ha recibido críticas. Tres árbitros, con todas las tomas posibles de las jugadas a analizar, apoyan al juez central en jugadas polémicas.

Sin embargo, lo ocurrido en la Bundesliga ha sido catalogado de surrealista.

Puede ser.

Pero hizo justicia.

Yo prefiero un acierto surrealista a un fallo de película.

Al fin y al cabo, errare humanum est.

Y si equivocarse está en nuestra naturaleza y de los errores hay que aprender, es mejor minimizarlos que llorarlos frente a un micrófono con el dedo acusador para un protagonista sin hinchas.

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