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El rapiñero de la joyería del Cordón le dijo al negociador: "prefiero morir que ir a la cárcel"

A la rehén le explicó que no era un "robo", sino un "préstamo" hasta que recuperara su trabajo. El arma la compró en la feria pero no tenía las balas adecuadas.

Dos días antes de la rapiña a la joyería del Cordón, Nicolás D. tomó su Magnum y se fue a la rambla con la idea de suicidarse.

Así lo establece una reconstrucción que publica hoy El País en base al testimonio del detenido ante Fiscalía.

El hombre, de 42 años, contó: "ya había agotado todas las salidas. No tenía soluciones. No tenía más trabajo ni dinero para cubrir todo lo que se me había sumado y sumado. Pero pensé que si me mataba dejaba solos a mis hijos. Entonces, pensé: pruebo con un delito y si me sale bien capaz que me recupero. Y si sale mal afronto las consecuencias".

La muerte rondó todo su cabeza varias veces antes, durante y después del asalto. Cuando ya estaba rodeado por la Policía, le dijo al negociador: "prefiero morir antes que ir preso".

Pero los seis menores que estaban a su cargo resultaron fundamentales para que se entregara.

D. vivía en el barrio Reducto. Tiene tres hijos que tuvo con una pareja anterior -entre ellos un niño discapacitado de cuatro años-, dos adolescentes hijas de su pareja y un bebé de nueve meses, producto de la relación actual.

Trabajaba en reparación de celulares y la pandemia había reducido al mínimo sus ingresos. Últimamente el dinero que entraba a la casa era por trabajos de limpieza que realiza la pareja.

"La situación es desesperante", dijo la pareja. Al momento en que ocurrió todo, debían cuatro meses de alquiler.

Según informó El Observador, el día del copamiento salió temprano a buscar comida para el hijo menor y no volvió.

En el relato de Nicolás D. tomó un taxi en Burgues y San Martín hacia el Centro de Montevideo. No tenía un plan. Sabía que iba a robar a un comercio, pero nada más.

Se bajó en Colonia y Vázquez. "Que tenga una buena jornada", le dijo al taxista.

Miró los comercios de alrededor. Entró a la joyería Port y pidió para ver unas alianzas.

Nicolás D. tenía consigo una Magnum 3.57. Llevaba cuatro balas de menor calibre a las necesarias. Si hubiera necesitado disparar, dijo, no podría haberlo hecho.

Solo quería intimidar, dijo. Tampoco podría haberse suicidado de un balazo como declaró anteriormente.

Le contó a la fiscal Adriana Costa que adquirió el arma en la feria de Tristán Narvaja a 35.000 pesos. Entregó 20.000 y quedó debiendo 15.000 pesos. A cuenta quedaron las balas adecuadas para el revolver.

Cuando las alianzas dejaron de ser el pretexto para estar allí, sacó el arma. ""Estoy desesperado", le dijo a la propietaria, una mujer de 74 años.

"Tengo un problema personal y necesito 10.000 dólares", afirmó.

La comerciante le aclaró que no tenía ese dinero ni ninguno en la caja. Le propuso llamar a su hijo, que tiene un negocio muy cerca de allí.

Nicolás D dijo que sí, que lo llame.

Al cabo de unos minutos el hombre estaba en la joyería, aterrado por lo que pudiera pasarle a su madre.

"No hay dinero", le explicó. "Llévese anillos y collares".

El asaltante inventó una excusa contundente para reclamar dinero en efectivo: "Tienen secuestrado a mi hijo en el Chuy".

El hijo de la comerciante propuso ir al banco a buscar el dinero que pusiera conseguir.

Nicolás D. nunca amenazó de muerte a sus interlocutores. "Esto no es un robo. Vine a pedir", les dijo.

Y les prometió que iba a devolverles el dinero: "cuando vuelva trabajar le devuelvo ese dinero en poco tiempo. Voy a venir con la cara descubierta y le voy a entregar esa plata".

El hijo de la joyera fue al banco y retiró 3,200 dólares.

Cuando regresó con el dinero ya había un móvil policial que cortaba el tránsito de la calle Colonia.

Nicolás D. vio el movimiento, se enojó y le recriminó el hecho al hombre. "Me traicionaste".

Allí supo que todo había terminado. Un negociador de la Policía estaba al habla. Le pidió que liberara a la dueña del comercio.

"SI en algún momento disparo el arma es contra mí. Tengo ganas de morirme antes de caer preso", le respondió. Luego miró a la rehén: "Usted quédese tranquila que no voy a disparar".

El negociador insistió en que dejara ir a su rehén: "No solucionada nada. Ya estoy preso".

Con el correr de las horas, la Policía dejó comida y medicamentos para la dueña del comercio.

El asaltante le pidió "mil perdones a la mujer". Ella le dijo: "usted tiene a sus hijos, pienso en ello".

La conversación no avanzó hasta que Nicolás recibió la llamada de su hermana, de un abogado amigo y de su pareja.

Pasada la medianoche no había adonde ir. El negociador le explicó los pasos a seguir. Primero, dejar salir a la rehén. Segundo, entregar el arma y tirarse al piso.

Todo el episodio había sido improvisado. Nadie de su entorno conocía conocía su intención de salir a robar. Ni siquiera su pareja.

La mujer -de origen caribeño- no supo nada de Nicolás D. hasta que el violento episodio en la joyería había sido consumado.

Ella no mira televisión. Una de sus hermanas la llamó para contarle lo que estaba pasando.

Tampoco sabía que él había sido formalizado en octubre por un delito de violencia privada. Sabía sí de los otros dos antecedentes por receptación.

Ella explicó que Nicolás "es una persona discreta" que no muestra sus estados de ánimo. Sobre el secuestro y la rapiña, dijo a El País: "él no tiene carácter para hacer algo así. Es una persona tranquila".

“Fue muy doloroso lo que viví esta madrugada pasada. Fue un infierno. Y ahora no sé qué voy a hacer”, contó la mujer.

Unos meses antes, Nicolás D. había cobrado notoriedad por su protesta para obtener la tenencia de los hijos que tenía con su anterior pareja.

Se encadenó varias veces frente a juzgados en reclamo de sus derechos como padre. Hay fotos en los medios en los que se le ve en la protesta. Hizo declaraciones sobre su situación y la situación de otros padres que no podían ver a sus hijos.

Entonces era activista de "Familias Unidas Por Nuestros Niños".

Nicolás D. fue procesado por "intento de rapiña y privación de libertad".

Su abogada María del Carmen Dávila pidió a la jueza Diovanet Olivera que su defendido pasara a forense por golpes recibidos durante su detención.

"Tiene un corte importante en la nariz, le tiraron los dedos meñiques hacia atrás, sufrió una patada en el riñón y uno de los tobillos recibió un pisotón", explicó la defensora.

La magistrada accedió al pedido.

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