Prejuicios y errores sobre el agro

No atender los reclamos puede llevar a otra crisis grave

La movilización del 23 de enero sacude a la sociedad uruguaya desde el lugar menos pensado y en el momento menos pensado: por fuera de los partidos políticos y de las principales gremiales o sindicatos, en pleno enero. La impulsa un grupo heterogéneo de productores, empresarios y trabajadores vinculados directa o indirectamente al campo, pero ha trascendido por mucho el ámbito rural para convertirse en una manifestación nacional.

¿Por qué se llegó a este punto? En el fondo, hay cuestiones económicas muy obvias: producir en Uruguay se ha vuelto muy difícil porque los costos –de todo tipo- se han acumulado hasta hacerse insostenibles. Ahora bien: desde el campo se ha venido advirtiendo esto hace rato y, sin embargo, no se los ha escuchado. ¿Por qué? El cúmulo de prejuicios, verdades a medias y hasta errores gruesos sobre cómo se concibe la actividad del agro, están –a mi juicio- en el trasfondo de esta situación. Muchos de estos han vuelto a agitarse en los últimos días en la discusión pública (prensa, redes sociales). Veamos algunos.

1. El agro es un sector más de la economía y representa menos del 10% del PBI. En efecto, al analizar las denominadas Cuentas Nacionales que elabora (con muy buena calidad) el Banco Central, se refleja que el agro responde por algo menos del 10% del PBI. Pues entonces: ¿por qué tanta alharaca? El problema es que las Cuentas Nacionales son una herramienta válida para analizar la dinámica de una economía y su evolución general, pero para una evaluación del sector hay que andar con más cuidado. En las Cuentas Nacionales el “agro” es el valor de la producción en la portera, descontados los costos. Pero es bien sabido que la dinámica del agro va más allá de lo que sucede estrictamente en el establecimiento rural: transporte, servicios, insumos, puertos, agroindustrias, etc., componen un espacio de la economía mucho mayor, más complejo y más importante, al que se le ha denominado “Cadenas agroindustriales” o “agronegocio”. Según estudios de la Udelar y de Opypa, entre otros, este sector responde por más del 30% del PBI. No es casualidad que gente de todos esos ámbitos (transportistas, empresas de servicios, etc.) sea la que se movilizará en Durazno junto con los productores.

No tengo una visión “agrocéntrica” del Uruguay: nuestro país se destaca en otros sectores como el turismo, el software y otros que están creciendo hoy o pueden hacerlo en el futuro. Pero decir que es un mero “problema sectorial” algo que afecta directamente a –por lo menos- el 30% de la economía, es un grave error. Porque la movilización de Durazno no refleja un problema sectorial, sino de toda la economía y el creciente apoyo de diversos sectores así lo muestra.

En abril del año 1999, pocas semanas después de la devaluación del Real brasileño, el agro desplegó una movilización histórica por todo Montevideo, ante una crisis que ya sentían como muy grave, pero que el resto de la sociedad no percibía. Connotados políticos, analistas y periodistas, minimizaron el episodio, entre otros argumentos con el que cuestionamos aquí: “el agro es un sector más y no representa más del 10% del PBI”. Poco después, la crisis se hizo carne en todo el país. Espero que no se caiga de vuelta en el mismo error. De lo contrario no habremos aprendido nada.

2. El agro produce solo “materias primas”, pero poco “valor agregado”. Este argumento es especialmente dañino, porque es falso y –además- prejuicioso. La producción del campo agrega mucho valor a la economía porque, como se describió en el punto anterior, requiere de una extensa cadena de suministros, industrialización y servicios, para desarrollarse. No es casualidad que el histórico ciclo de crecimiento de la economía uruguaya (entre 2006 y 2014) haya coincidido con la expansión de los agronegocios (cultivos, forestación, ganadería), con niveles de actividad y exportación récord. Y lo percibió desde el más recóndito de los pueblos del Uruguay hasta la capital.

El problema es que se confunde “valor agregado” con transformación industrial, que no es lo mismo: Uruguay produce autos, y eso puede ser muy meritorio, pero esta actividad genera un valor agregado acotado, pues la mayoría de los insumos son importados y se trabaja en líneas de montaje, estandarizadas. En el campo, la producción es más compleja, requiere más esfuerzo.

¿Por qué persiste, entonces, este pensamiento? Seguramente hay un asunto más de fondo: en buena medida, el argumento refleja la idea de que la producción rural –particularmente la ganadera- se hace sola: los terneros y las vacas, crecen y se reproducen casi solos, sin mucho esfuerzo; el asunto es tener campo. Es como pensar que uno puede poner una farmacia abriendo un local con un mostrador, y llenando las estanterías con remedios; o que se puede ser marino mercante comprando un barco y saliendo a la mar. Obviamente, el asunto es más complejo: producir leche, carne, granos, implica combinar múltiples factores, en una gestión empresarial desafiante. Hay que prevenir las fluctuaciones del clima, hacer reservas, diversificar cultivos; hay que prevenir las fluctuaciones de precio, tener una estrategia financiera, elegir modos de comercialización; hay que invertir mucho para aumentar la productividad, en genética, maquinarias, tecnologías de la información; y hay que gestionar a la gente: trabajadores, profesionales, empresas de servicios, etc. etc. Me atrevo a decir que gestionar un tambo hoy es más complejo que fabricar piezas industriales; llevar adelante un rodeo de cría puede ser más sofisticado que fabricar insumos químicos.

En realidad, estas cuestiones ya están asumidas, y así lo han reconocido y destacado varios jerarcas de los gobiernos frenteamplistas. Sin embargo, el prejuicio industrialista ha prevalecido, seguramente por la fuerte influencia del PIT CNT, que ve más sólido su poder asociado al sindicalismo fabril. Así, se ha subsidiado con varios millones a emprendimientos industriales inviables, como ocurrió con los dineros del Fondes, mientras se ningunea al agronegocio.

En todo caso, si bien no me gustan las simplificaciones, vale recordar que no hay “valor agregado” sin rentabilidad. Con números en rojo, no se agrega valor, se destruye.

3. El agro es un sector conservador, que no arriesga y especula. Luego de la revolución productiva y tecnológica que protagonizó el campo en los últimos años, parece increíble que este concepto persista. Biotecnología y otras ciencias aplicadas, maquinaria de última generación, transporte, energía, desarrollo comercial, etc. Todo lo destacado en puntos anteriores viene a colación para demostrar –por si había alguna duda- que el agro no le va a la zaga a ningún sector en cuanto a dinamismo e innovación. En realidad, el preconcepto se esgrimió en el pasado y se esgrime hoy con intereses políticos, para ningunear a un sector con capacidad para transformar al país.

Claro que –en décadas previas, desde los 50 hasta entrados los 80- los productores estuvieron embretados en circunstancias muy críticas: los grandes mercados del norte se cerraban y los subsidios europeos y estadounidenses derrumbaban los mercados de exportación, lo que sumado a la crisis de la propia economía local, llevaba a que los estímulos para invertir eran casi nulos. De hecho, los que arriesgaban alguna innovación tecnológica, terminaban retrocediendo. Eran los años del “estancamiento ganadero”, que aún se lee en numerosos textos. Pero bastó que las condiciones cambiaran para que el agro desplegara todo su potencial. Aquí hubo virtudes propias, de las políticas de los gobiernos, pero –sobre todo- de la irrupción de China como demandante clave de productos del campo. Porque en lo que respecta a apertura comercial activa, los últimos gobiernos han hecho muy poco.

Pero el agro ha demostrado ser innovador más allá de lo productivo. Parte de las expresiones más genuinas del cooperativismo uruguayo están en el agro; la incorporación de jóvenes a la producción y el trabajo en el agro, al menos hasta 2013-14, sorprendió hasta la propia gente que hace años está en la producción. Nuevas modalidades de trabajo, mejores condiciones de empleo, capacitación, etc., muestran a un sector innovador más allá de lo tecnológico, con una capacidad de renovación y modernización social muy potente. A los afiliados al prejuicio, esto es lo que más los descoloca.

4. El agro es un sector de poderosos “terratenientes”. La afirmación no resiste el menor análisis y tal vez por eso, se repite solo como panfleto provocador, para desviar la atención de los verdaderos problemas del agro y la economía. Porque es obvio que en el campo conviven productores de diverso tipo y tamaño: pequeños ganaderos, tambos de gran escala, grandes productores frutícolas, pequeños y medianos agricultores, lecheros familiares, estancias ganaderas, horticultores pequeños y grandes, etc., etc. En las últimas décadas, muchos uruguayos y extranjeros llegaron desde fuera del sector e invirtieron en campos, volviéndose nuevos productores. Varios ingresaron aprovechando oportunidades durante la salida de la crisis, cuando muchos productores propietarios debieron vender parte o todo su campo para saldar deudas (contrariamente a lo que muchos suponen, no se les perdonó ni un peso).

Los problemas actuales afectan a todos los productores, por más que haya más de un obsesionado por separar grandes y chicos (¿será que hay una superficie máxima, políticamente correcta?). Obviamente, los que tienen más capital (tierra, maquinarias, inversiones, en el campo o fuera de él) pueden tener más resto para bancar; los que no, están con problemas más graves, cuando no han salido ya de la producción.


5. El agro siempre “llora”, aunque le vaya bien. Es una afirmación frecuente en ámbitos políticos y sociales, y resulta insultante para los que están todos los días encarando los problemas y desafíos de la producción. Cierta responsabilidad puede corresponderle a las gremiales más representativas del sector, por no haber contrarrestado esta crítica con un discurso más equilibrado, donde los reclamos –en su mayoría válidos- sean planteados junto a las virtudes del crecimiento del agro y los logros del sector.

Es un problema serio de comunicación entre el sector agropecuario y el resto de la sociedad, porque acarrea injusticias y falsedades. Un ejemplo que me resulta particularmente chocante es cómo se perciben, en la opinión pública, ciertas iniciativas de Estado para el agro. Por ejemplo: es conocido que en los últimos años se han instrumentado fondos especiales para el sector arrocero y el lechero. La percepción general es que se la ha dado dinero del Estado a estos sectores, pero eso es falso: el Estado (nosotros) no puso un peso, solo se articuló (por ley) un compromiso de pago futuro de dinero que se adelanta (a través del mercado de capitales, donde habitualmente colocan las AFAPs) y que luego los productores devuelven con los correspondientes intereses. Si es negocio para alguien, es para los jubilados.

Si es por comparar llantos, los sindicatos de trabajadores y el PIT-CNT no le van en zaga al agro: estamos con los mayores salarios reales en más de 40 años y las demandas siguen a la orden del día. Pero cuando los trabajadores sindicalizados reclaman –en muchos casos con justicia- son luchadores sociales épicos; cuando lo hacen los productores a través de sus gremiales, son llorones indolentes. El riesgo es que nos pase como en la fábula del pastor mentiroso, como pasó ya en 1999: el reclamo fue claro, pero no hubo respuesta y llegó la crisis.

En Durazno seguramente habrá reclamos diversos de “medidas” para el campo. Pero el problema actual no se soluciona con una rebaja transitoria en una tarifa, o una línea de crédito blando. No alcanza. El problema es de fondo y es que en el Uruguay la conducción política optó por aprovechar el crecimiento del agro no para crecer con el sector y desarrollarlo, sino para transferir recursos a otros sectores y ámbitos, que consideró más importantes. La gestión del gasto estatal es un síntoma inequívoco: poco de inversión en infraestructura y mucho gasto ineficiente, que carga costos a la producción. El atraso del dólar termina siendo una expresión de este problema profundo. Y todo indica que ese camino se está agotando.


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