Bo Xilai, el maoísta ortodoxo del que nadie quiere hacerse cargo

Fue uno de los príncipes del país hasta que la corrupción y las sospechas por la muerte de su esposa lo llevaron a la cárcel y al olvido

 

 Pese a la imagen de unidad que se esfuerza en transmitir el régimen chino, la purga de Bo Xilai, defensor del maoísmo hasta su defenestración, ha dejado en evidencia la luchas internas del Partido Comunista (PCCh) ante el inminente relevo en el poder.

China cerrará con el XVIII Congreso del PCCh, que comienza el 8 de noviembre, uno de sus años más convulsos en la arena política -para algunos analistas el mayor- desde la matanza de Tiananmen, en 1989.

Su principal protagonista es Bo Xilai, uno de los "príncipes" del país al ser hijo de un líder revolucionario y hasta principios de este año secretario general del PCCh en la ciudad de Chongqing (centro), a quien la Fiscalía investiga por varios delitos y cuya esposa se encuentra prisión por el asesinato del británico Neil Heywood en noviembre pasado.

La trama salió a la luz el pasado febrero, cuando Wang Lijun, jefe de Policía de Chongqing y mano derecha de Bo, intentó refugiarse en el Consulado de EEUU en la vecina ciudad de Chengdu, donde denunció a su exjefe y vinculó a su esposa con la muerte de Heywood, que hasta entonces se había atribuido a un exceso de alcohol.

Tras el paso de Wang por la legación, Bo cayó en desgracia y ahora se espera que se celebre el juicio en su contra, después de que el partido le acusara de corrupción y relaciones impropias con mujeres, entre otras faltas.

Antes del escándalo, el exdirigente había sido prácticamente encumbrado como héroe nacional por la lucha anticorrupción que llevaba a cabo junto a Wang en Chongqing, a la vez que reimplantaba en la localidad viejas costumbres maoístas.

Se había convertido en firme candidato a ocupar uno de los nueve puestos del Comité Permanente -el máximo órgano del Partido- en el Congreso, circunstancia que, sumada a los numerosos claroscuros del caso, ha suscitado las dudas sobre lo que verdaderamente hay detrás del escándalo.

Bo no sólo era uno de los "príncipes" (taizidang en mandarín) del régimen, sino que representaba la cara más conservadora de esta facción, opuesta a la tendencia liberal de la cantera de la Liga de Juventudes Comunistas y lejana al "grupo de Shanghái", encabezado por el expresidente Jiang Zemin.

En los meses previos al escándalo, la prensa china dedicó varios artículos a la disputa entre Bo y Wang Yang, su homólogo en la provincia de Cantón (sur), por un asiento en el todopoderoso Comité.

Era una lucha con más implicaciones de las aparentes, al representar ambos a corrientes opuestas de la formación, por lo que la prensa local llegó a definirles como los "dos cánones" de China.

Así, mientras Bo abanderaba el maoísmo y se situaba a la cabeza de la carrera gracias a su popularidad, la victoria de Wang, partidario de la puesta en marcha de reformas liberales, se consideraba por extensión el triunfo de esa corriente en el nuevo Gobierno.

Según algunos analistas, Wang Yang, quien aún aparece en la mayoría de las quinielas como próximo miembro del Comité, es el máximo beneficiado. Su estilo es más "afín" al de Xi Jinping y Li Keqiang, que se convertirán en los futuros presidente y primer ministro, respectivamente.

No obstante, la mezcla de tendencias y la opacidad del régimen hace que sea muy complicado definir corrientes homogéneas dentro del Partido. Hay también expertos que defienden que Bo es en realidad el chivo expiatorio de una campaña mayor contra el zar de los servicios de seguridad, Zhou Yongkang.

Según esta hipótesis, Zhou, próximo a Bo y miembro del Comité Permanente, adquirió un poder desmesurado en su puesto, por lo que el Gobierno habría decidido eliminar éste y otro cargo y reducir el órgano supremo de nueve a siete miembros.

Sólo el tiempo dirá qué corriente acaba por tener más influencia en el futuro Ejecutivo, y también si la lucha actual se trata de un mera carrera hacia el poder o de desavenencias reales en cuanto al modelo de Gobierno. EFE

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