Armando Méndez, el agente de la dictadura que reapareció con Amodio

Uno de los testigos citados por la justicia fue alguien importante en su salida del país. Ayer reapareció y dio la nota

 

En octubre de 1974, el joven capitán Armando Méndez (1949) fue uno de los hombres que acompañó a Héctor Amodio Pérez a la frontera con Brasil. De allí, Amodio y su pareja de entonces, Alicia Rey Morales “La Negra, también integrante de la Columna 15, partieron hacia San Pablo para tomar el avión que los llevaría a España.

Con poca plata y documentación falsa otorgada por los jerarcas militares Luis Vicente Queirolo y Esteban Cristi, Amodio y su compañera se perdieron de vista por más de 40 años.

Este martes, Amodio y Méndez coincidieron nuevamente, pero esta vez en el juzgado penal 16º presidido por Julia Staricco.

Según Méndez no fue el careo que todos esperaban. Ante los periodistas, bromeó con la calva del fundador del Movimiento de Liberación Nacional, al que -dijo- solo vio por televisión.

A los 22 años, Méndez era oficial de inteligencia. Integraba la Operación Comando Antisubversiva (OCOA), un organismo creado por las Fuerzas Conjuntas para desarticular a los tupamaros.

Fue a él, según Amodio, a quien le “ordenó los papeles” en su estadía en el Batallón Florida, una forma críptica de admitir su colaboración con los militares aportando información y trazando estrategias.

La moneda de cambio para Amodio era no ser torturado ni él ni su pareja. Al mismo tiempo negociaba su salida de Uruguay en donde “se hablara español”.

Para entonces el exguerrillero se sentía quebrado emocionalmente. Y ayudó en su ánimo el hecho de que dos de sus captores eran conocidos. Según un informe de Caras & Caretas, Carlos Calcagno era pariente lejano. Y el propio Amodio y José Nino Gavazzo han admitido que se conocían desde la infancia.

Estos factores incidieron en el nuevo status de Amodio, pese a la reticencia del general Cristi a facilitarle mejores condiciones.

En ese sentido Méndez también resultó fundamental, según el testimonio de Amodio.

Aunque era muy joven, tenía una creciente influencia y prestidio en el entorno militar. Era uno de los oficiales que había viajado a Panamá para tomar cursos en la Escuela de las Américas por donde pasaron todos los halcones de las dictaduras latinoamericanas. Allí recibió instrucción sobre antiinsurgencia y perfeccionó las técnicas de interrogatorios.

Méndez era uno de los preferidos del coronel Ramòn Trabal, el verdadero cerebro detrás de la caída de los tupamaros y uno de los militares del “ala peruanista” que impulsaba la caída de Bordaberry y su sustitución por un gobierno de facto con fuerte impulso socialista.

Méndez se hizo conocido al ingresar Servicio de Inteligencia (S2) y junto con otro oficial, Menotti Ortíz del Puerto. Un informe del periodista Roger Rodríguez les atribuye responsabilidad en la muerte de Rosendo Fachinelli en el batallón Florida.

Durante su gestión en el OCOA, según denuncian las organizaciones de Derechos Humanos, se produjeron decenas de muertes en distintos batallones, entre ellas la de Nibia Sabalsagaray -por la que fue procesado el General Miguel Dalmao- y la de Aldo Perrini, un hombre que no tenía nada que ver con la guerrilla. Oriundo de Carmelo, Perrini era propietario de una heladería y simpatizante del Frente Amplio.

En los 90, Méndez tuvo actuación pública durante el gobierno de Luis Alberto Lacalle. Fue director de Aduanas y se enfrentó con las mafias del contrabando. Pero como todos los jerarcas que pasaron por esa unidad del Estado terminó yéndose sin vencer al enemigo.

Años después reapareció públicamente como empresario en el rubro de la seguridad privada. También ha sido propietario de empresas de limpieza. En estos días se informó que pasa gran parte de su tiempo en Miami, donde también tiene empresas.

Todos los perfiles sobre él coinciden en que Méndez ha sido un afortunado en la vida. En 1970 ganó el premio mayor de una rifa del Hospital Pereira Rossell que le permitió gestionar un campo de 1,000 cuadras cerca de Montevideo.

En 1977, ingresó a la compañía de Contrainformaciones del Ejército. Un exsoldado, Hugo García Rivas, lo acusa de la muerte del militante Humberto Pascaretta en su libro “Memorias de un extorturador”.

Pascaretta trabajaba en una empresa de capitales estadounidenses y su muerte “fue un favor para la embajada”, según Caras & Caretas.

Para entonces su mentor, el coronel Trabal fue asesinado en París en circunstancias extrañas. Según los tupamaros, en manos de su excompañeros militares. Según los militares, por un comando tupamaro en el exterior.

En los últimos años del llamado “proceso cívico-milutar” tuvo discrepancias con el expresidente Gregorio Álvarez. Los separó el Operativo Conserva, un caso de corrupción denunciado en 1982.

Esto determinó su salida oficial como funcionario de la dictadura, aunque siguió en las Fuerzas Armadas. Antes había estado en la Cárcel de Mujeres por un breve lapso.

La democracia lo encontró bien consolidado como oficial de rango medio. Fue ascendido a Teniente Coronel en plena democracia, en 1986.

Las cartas enviadas por Amodio recuerdan la fugaz asociación entre ambos. En algunas de esas salidas murieron personas.

Uno de los casos más significativos fue el de Washington Barrios, un hombre que integraba los grupos de apoyo al MLN-T.

Desde su puesto de trabajo en Alíscafos Belt traficaba personas y dinero para la guerrilla.

Barrios fue secuestrado en una casa de Aires Puros. Allí murieron Su esposa Silvia Reyes, Diana Maidanik y Laura Raggio. Todas eran menores de 20 años. En ese operativo murió también el policía Dorval Márquez, recuerda una nota de Caras y Caretas publicada en mayo de 2013.

Méndez fue el encargado -junto con Gavazzo- de llevarle a la familia la noticia de la desaparición de Barrios, a quien supuestamente habían llevado a declarar a un juzgado de La Plata, Buenos Aires.

La versión oficial fue que se fugó, pero la realidad indica que el militante nunca volvió a aparecer.

En una de sus visitas a la familia Barrios, consigna la nota, Méndez fue el encargado de devolver la moto que los militares habían secuestrado en la matanza del 21 de abril de 1974.

 

 

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