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Hasta aquí llegamos

La economía uruguaya cayó 0,5% en el primer trimestre del año, en comparación con el mismo período del año pasado. Además, en la Rendición de Cuentas que el gobierno elevó al Parlamento, se establece que el déficit fiscal proyectado para este año será de 4,3%. Ni en la crisis de 2002 se llegó a un déficit tan alto, hay que irse a fines de los 80 principios de los 90 para ver algo parecido.

La situación es muy preocupante. El gobierno ha planteado un ajuste fiscal para reducir el déficit, pero su impacto es dudoso: se corre el riesgo de perder por menor actividad lo que se gana por más recaudación de impuestos (sobre todo IRPF). La reducción del gasto –que también incide en la actividad- no parece ser muy contundente y está condicionada por la discusión interna en el Frente Amplio.

Así, el gobierno enfrenta un problema de difícil solución: o ajusta más para achicar el déficit, pero lleva la economía a una recesión, o no ajusta tanto y el déficit sigue alto, perdemos el Grado Inversor y entramos en una dependencia permanente del financiamiento externo, con las restricciones económicas y problemas políticos que eso trae.

¿Hay otro camino? A mi entender, la respuesta no puede darse si no se entiende bien por qué estamos como estamos. Uruguay vivió un ciclo de crecimiento excepcional entre 2003 y 2014, por lo extenso y por lo intenso (el crecimiento promedio fue 5%). Coincidieron allí varios factores: buenas políticas macroeconómicas al principio, que mantuvieron la estabilidad y facilitaron el crecimiento, además de reducir el endeudamiento neto. Desde fuera, la demanda por productos uruguayos llegó a niveles sin antecedentes –liderada por China- impulsando la agricultura, la lechería y la ganadería. En tercer lugar, comenzó a concretarse la industrialización forestal, con la construcción y puesta en marcha de 2 enormes plantas de celulosa, que pusieron el motor de la economía fuera de borda.

El problema es que los gobiernos recientes –todos- concibieron estos hechos excepcionales como permanentes y –consecuentemente- decidieron impulsar el gasto público a niveles que –en realidad- no son sostenibles. La situación se fue estirando por el propio empuje del consumo interno, alentado por una demanda regional igualmente frágil.

Así, los equilibrios macro fueron quedando de lado: la inflación subió y el déficit fiscal es muy grande. Pero esto no es todo: Uruguay no avanzó casi nada en su inserción comercial (por decisión política) y la política laboral impulso aumentos salariales sin contrapartidas de productividad, receta garantizada para perder competitividad y trancar la economía y el desarrollo.

A pesar de los problemas, la economía uruguaya produce hoy 15% más que hace 5 años y 50% más que en 1998. Ha acumulado inversión y capacidades como para afrontar los problemas y –sobre todo- modificar lo que se ha hecho mal, para seguir avanzando. La pobreza se ha reducido, aunque hay un porcentaje importante de la población vulnerable. Reformar áreas del Estado, abrir el comercio y mejorar la política laboral son los capítulos principales. Casi nada.

Las condiciones financieras externas y propias dan cierto tiempo de maniobra. La suba del dólar también ayuda a la competitividad. Pero si no hay decisiones de fondo… el fondo puede estar más abajo.

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Sobre El Autor

Periodista especializado en información económica y empresarial. Columnista de Subrayado. Su twitter es @NicolasLussich.

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