Un año que arrancó siniestro

    El comienzo del 2011 marcó un pico de alta siniestralidad, si se quiere previsible.

     

    El comienzo del 2011 marcó un pico de alta siniestralidad, si se quiere previsible. Dadas las condiciones emergentes de una sociedad que ha incorporado un aumento del parque automotor sin precedentes y  una estructura vial a veces inadecuada para el avance tecnológico de los vehículos. A esto debe sumarse, una de las variables más destacadas en la causalidad de siniestros, que entre otras, es la baja percepción del riesgo, asociado a la velocidad excesiva aplicada por algunos conductores. 

    Más allá de estadísticas, que nos ubican en los primeros lugares de Latinoamérica, para un país tan chico como el Uruguay, lo que estamos sufriendo es realmente de locos. Y no hablamos sólo de muertes; a nivel de lesionados traumatizados graves la situación es aún peor. Con brutales secuelas físicas y psíquicas. Las cifras difundidas oficialmente por estos días, vinculan exclusivamente a la carretera. Hay que sumar además  la realidad en el tránsito urbano. Estamos en problemas. 

    Dentro de  la cantidad de siniestros que se producen, destaca claramente y en forma muy especial el birrodado, la motocicleta.  Prácticamente de cada diez, en ocho hay un involucrado de este tipo.  Modalidad de transporte de frecuente circulación anárquica. La estructura vial, la falta de respeto a las normas, la falta de educación muchas veces inciden en los accidentes. Pero la constante sigue siendo el error humano.

    La aprobación de la ley de tránsito 18.191, por la vía de los hechos, poco o nada ha cambiado. Las leyes por sí solas no modifican actitudes. Intendencias (algunas) que siguen sin implementar medidas objetivas de fiscalización, provocan un daño tremendo a la sociedad toda, estando en clara omisión, siendo en muchos casos, responsables directos de las consecuencias de los accidentes. Medidas de seguridad implementadas como las luces encendidas de día en zona urbana, la obligatoriedad del uso del cinturón de seguridad, la baja en la tasa de alcohol, el casco, etc., no han rendido al parecer los efectos deseados.

    ¿Sin estas medidas podríamos estar peor? Puede ser. Hoy día carecemos de registros de tasa media globales de siniestros anteriores a la ley. Imposible por lo tanto, hacer un diagnóstico con certeza. Y medida de seguridad que no se controle o  evalúe no tiene sentido aplicarla. No sincronizar acciones de fiscalización en todo el país, las transforman en letra muerta. Debemos ordenarnos. Sabemos que el tema es cultural. No es sólo un tema de destrezas. Es conocimiento además. Y un cambio de actitud lleva tiempo. Llevará más si no se tiene en cuenta a la fiscalización severa, implacable, del cumplimiento de la ley, como elemento de protección a los que siempre cumplen con las normas. Reconocemos ciertamente, que la educación vial tiene efectos mucho más duraderos que la sanción y permanece más tiempo que el efecto de la sanción. Esta tiene un efecto inhibidor por cierto, pero no modifica actitudes como si lo hacen la educación y la formación. Para salvar vidas.

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