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La comunidad aborigen de Guayana francesa enfrenta una ola de suicidios

El contraste entre la vida ancestral y las exigencias de la vida moderna ya han provocado graves crisis existenciales. El factor de la minería ilegal

En los pueblos amerindios del sudoeste de la Guayana francesa, se habla del tema con mucha discreción. No es sencillo admitir la ola de suicidios que golpea a la comunidad wayana, especialmente a los más jóvenes, desgarrados entre tradición y modernidad, y perturbados por el impacto de la minería ilegal.

Desde enero, se contabilizaron por lo menos seis suicidios y 13 intentos de ahorcamiento en la comunidad wayana, que cuenta con 1.500 habitantes principalmente instalados a las orillas del Maroni y del Tampok, a una hora de avión y varias de piragua de Cayena, capital de este departamento de ultramar francés en América del Sur.

“Aquí en Twenké, dos personas, una madre y su hija de 10 años, se suicidaron”, afirma Pauline Aloike, una wayana de 20 años. “Hay muchos muertos, jóvenes de 15 años, a veces menos, pero también adultos que tiene un trabajo”, dice. “Es una desgracia. Encima que ya no somos muchos”, agrega.

“Es un 0,5% de la población que desaparece por suicidio cada año”, indica el doctor Rémy Pignoux, que alerta sobre esta problema desde 2004.

Ya se registraron varias olas de suicidios desde los años 1980, la última de ellas en 2015, fecha de un informe parlamentario que había alertado sobre el desgarramiento de esos jóvenes, divididos entre la sociedad tradicional en la cual nacieron y el mundo moderno, y separados en algunos casos de su familia desde la escuela secundaria.

En Taluen, otro pueblo wayana, los niños van a la escuela en kalimbé, la vestimenta tradicional. Sus habitantes continúan lavándose en el río, utilizan la culebra -una estera trenzada que sirve para moler la mandioca-, y es común cruzarse a las mujeres con los pechos desnudos ocupándose de sus actividades diarias.

No todos están conectados aún a la central eléctrica fotovoltaica y el agua corriente solo llega a grifos de agua colectiva. Pero todos tienen una antena satelital, y los jóvenes, teléfono portátil en mano, están en whatsapp y Facebook, incluso si la red viene del vecino Surinam.

Droga y alcohol

La influencia de la minería artesanal ilegal de oro alrededor de los pueblos es mucha. “Algunos se dejan tentar por el dinero fácil y se suman a la logística (transporte, espías para avisar de la presencia de los gendarmes). Les parece más fácil que nuestros programas de valorización del artesanado, la agricultura o la economía maderera.

Los buscadores de oro clandestinos también traen con ellos alcohol, droga, prostitución y violencia. “Tuve que evacuar a un joven de 12 años completamente adicto al crack“, cuenta el doctor Pignoux.

“Los wayanas constatan que el Estado no garantiza su bienestar, que su selva es saqueada, el río asfixiado, las abatis (parcelas agrícolas en la selva) robadas“, agrega el médico.

Para algunos jóvenes, “el alcohol es el único momento en el que se sienten bien“, señala Pauline, que pudo estudiar y viajar.

“Tienen que ver que el mundo no es tan chico como parece. Que hay más que el alcohol, el +chino+ (nombre con el que se conoce a los comerciantes que abastecen a los buscadores de oro), y el abati“, explica.

“Pero, ¿qué puedes hacer en Taluen cuando tienes 20 años?“, señala Pascal Vardon, hablando de “jóvenes a veces con bajo rendimiento escolar, y que no encajan en su propia comunidad cuando regresan“.

FUENTE: AFP

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