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Shirley, la sacerdotisa que fue cómplice del crimen de La Pasiva

Trabajó apenas 25 días en el bar. La misma noche que peleó con su jefe tramó la rapiña y 4 días después se desató la tragedia. El "trabajo religioso" que no dio frutos.

 

Shirley O, de 36 años, fue la persona clave en el asesinato del planchero de La Pasiva, Gastón Hernández. 

La rapiña seguida de homicidio ocurrida en el local de comidas fue idea suya. Lo que sucedió después fue una larga cadena de insucesos que la llevaron a la cárcel como cómplice de un homicidio especialmente agravado.

El fallo de juez Alejandro Guido narra con lujo de detalles el proceso que tuvo su momento culminante en la madrugada del sábado 12 de mayo de 2012.

La mujer, carente de antecedentes penales, divorciada y de 36 años, había trabajado apenas 25 días en La Pasiva como moza. El martes anterior al crimen, renunció en medio del turno porque discutió furiosamente con el encargado.

El rencor le llevó a recordar a un joven que conocía de Toledo. Esa misma noche le mandó un mensaje de texto contándole la idea del robo y lo citó para el otro día.

Era el hermano de una chica que le cuidaba los niños. El muchacho de iniciales JLN, de 19 años, andaba "en cualquiera" y ella lo sabía. Por eso le preguntó sin ambages, si él y sus amigos estaban dispuestos a asaltar el local de La Pasiva en 8 de octubre y Albo.

Les aseguró que era un trabajo fácil y una buena caja. Como contrapartida, les pidió que le dispararan al encargado del local.

Shirley no les dio el nombre del objetivo.  Les señaló el lugar de la caja registradora la caja registradora y otra caja de metal donde se guardaba el dinero. Allí encontrarían al desagradable ex jefe que debían balear.

Las cosas resultaron distintas a lo planeado. La víctima fatal no era el objetivo, sino un hombre de 34 años, padre de cinco hijos, que nada tenía que ver con el asunto.

Hernández era, como Shirley, un empleado de poco tiempo. Llevaba apenas tres meses en La Pasiva. Recibió un disparo que vio todo el país por televisión. La cámara de circuito cerrado mostró el momento justo en que el trabajador se agachó, tomó la bebida y se la dio a quien segundos después le atravesara el tórax de un balazo.

JLN era el campana. Por ser mayor se quedó en la puerta. Igual, no perdió el tiempo: redujo a una empleada que había salido a fumar y le robó el celular.

Los otros dos eran los menores Fabián O.C.C. y M.A.. El primero fue el que disparó contra Hernández. El otro fue quien retiró el botín, 100.000 pesos según los dueños, algo más de 50.000 según los adolescentes. Ellos se repartieron 16.000 cada uno y le dieron 5.000 a otra persona que les dio las armas.

Shirley no reparó en gastos para ayudar a sus cómplices. Al otro día los recibió en su casa y hasta hizo un "trabajo de religión" para que la Policía no los agarrara, según uno de los ladrones.

Ella niega que haya hecho el "trabajo", pero en su finca hay un templo. En su descargo, dijo que sus habilidades religiosas las emplea en favor de ella y de sus hijas.

El 15 de mayo, los rapiñeros cayeron en la casa de Shirley y su concubina en la calle Malinas de Toledo.

Dos días antes, la Policía ya había hecho un allanamiento allí y los tres adolescentes habían zafado porque los investigadores no encontraron nada.

Previsoramente, Shirley les pidió que rompieran los chips para borrar los mensajes de texto que intercambiaron en las horas previas.

De todos modos, la confesión de los jóvenes ante la Policía terminaron vinculándola al hecho. Antes, Fabián O. C.-que fue bautizado así en honor a un ex gran jugador de Nacional- declaró: "hay que tirar para que te respeten".

Pero luego, todos los hechos permitieron comprobar la "cooperación moral" de la mujer en el trágico episodio.

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