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Reconstruir y vivir bajo la sombra del volcán en República Democrática del Congo

Volver a empezar en el mismo sitio tras perderlo todo bajo la lava. Pese a la amenaza constante de una nueva erupción en la parte oriental de la República Democrática del Congo, los habitantes de Goma que perdieron sus hogares en mayo no culpan a su impetuoso vecino, el Nyiragongo, de la destrucción de sus casas sino más bien esperan a que los científicos sepan prever su próxima explosión.

Volver a empezar en el mismo sitio tras perderlo todo bajo la lava. Pese a la amenaza constante de una nueva erupción en la parte oriental de la República Democrática del Congo, los habitantes de Goma que perdieron sus hogares en mayo no culpan a su impetuoso vecino, el Nyiragongo, de la destrucción de sus casas sino más bien esperan a que los científicos sepan prever su próxima explosión.

En la parcela de Edmond, de 60 años, había dos casas de madera, la suya y la de su hijo. Cuando la familia regresó, dos semanas después de huir del estallido, sólo encontró una, vacía y saqueada, pero intacta.

La otra se había esfumado, quemado. En ese lugar, delante de la casa damnificada, se extiende un vasto campo de lava, una espesa colada endurecida que ha sepultado decenas de otras pequeñas viviendas de Buhene, un barrio popular del norte de la capital de Kivu del Norte.

El pasado 22 de mayo, la erupción de Nyiragongo dejó 32 muertos, destruyó varios cientos de casas y desplazó a decenas de miles de personas. La mayoría ha recuperado sus posesiones y ha podido reanudar sus vidas anteriores; a otros, les ha sido imposible.

"Lo que pasó es natural", declara Edmond, con rostro cansado y vistiendo ropa más grande, donada por los vecinos. Pero, está enojado con quienes no avisaron a tiempo a la población, lo que habría evitado muertes y posibilitado recoger algunas pertenencias.

"El volcán nos sorprendió", reconoce Adalbert Muhindo, director general del Observatorio Vulcanológico de Goma (OVG). Desde su ventana , pueden verse el majestuoso cono de Nyiragongo y el Nyamuragira, otro volcán que también está bajo vigilancia de este centro de control e investigación.

Sin embargo, asegura, los instrumentos de medición funcionaron. "Decir que no teníamos material es falso", expresa con enfado, tras ser insinuado que el cráter no había sido monitoreado durante meses por falta de recursos.

En otro edificio de la OVG, Honoré Ciraba, jefe del Departamento de Geodesia (análisis de deformaciones del suelo), enseña de manera apasionada en su pequeña oficina los inclinómetros, GPS y extensómetros mecánicos y de rayo láser.

Ciraba habla de los sensores térmicos, magnetómetro de protones y otros calibradores que se utilizan para medir las fracturas en el lado del volcán, de donde emergió la lava durante las tres erupciones del Nyiragongo, en 1977, 2002 y 2021.

Si los flujos de lava durante estas tres erupciones tuvieron trayectorias similares, la de 2021, a diferencia de las otras dos, no fue precedida por terremotos, que llegaron después, subraya Muhindo. Y los datos recopilados no identificaron un riesgo inminente de erupción.

Algunos científicos de la OVG señalan que una interrupción de Internet de octubre de 2020 a abril de 2021, debido al fin de la financiación del Banco Mundial, impidió recoger en tiempo real durante este periodo de datos registrados por sensores colocados en el volcán, aunque sí se detectaron señales de alerta en mayo.

La vigilancia del volcán se ha reforzado, se ha recibido material adicional y "se va a construir un laboratorio moderno", indica Muhindo. Además, el especialista espera albergar en noviembre una conferencia internacional de vulcanólogos.

"El objetivo", afirma, "es que nuestro observatorio funcione de acuerdo con los estándares internacionales". Para controlar y advertir a la población, pero también asesorar a las autoridades sobre la ocupación del territorio, prosigue.

"No hay riesgo cero en Goma", ningún lugar en la ciudad de 2 millones de habitantes está al 100% seguro de escapar de una próxima erupción, subraya Muhindo.

En 2002, "se produjo una gran devastación. Luego la población reconstruyó" su vida, cuenta el director. "No se puede prohibir a alguien a arriesgarse", precisa el experto.

En el distrito de Buhene, cinco meses después de la erupción, la capa de lava todavía emite calor en algunos lugares. Hombres, mujeres y niños en simples chanclas de plástico recolectan pequeños agregados de lava para venderlos como material de construcción, una actividad que se ha convertido en una fuente de ingresos para las víctimas del volcán.

Aún está prohibido construir en el campo de lava. Pero los muros ya se están levantando, a la espera de que las autoridades den luz verde para que construyan casas nuevas. Como la que Edmond y su familia prometen erigir, exactamente donde se encontraba la que se llevó la erupción.

at-str/bmb/blb/rsc/zm

FUENTE: AFP

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