Con un perfil más discreto en Bélgica, la breve detención de Carles Puigdemont en Cerdeña le devolvió al centro del debate. El líder independentista catalán regresó a las noticias internacionales y, con él, la línea más dura del secesionismo, crítica con la negociación emprendida con Madrid.
Puigdemont recupera los focos tras su detención en Cerdeña
El próximo lunes, el expresidente regional deberá comparecer ante una juez de Sassari, en Cerdeña, Italia, que debe decidir sobre el pedido de extradición formulado por España, donde Puigdemont es reclamado por sedición y malversación de fondos por su papel en la fallida tentativa de secesión de 2017.
La noche del 23 de septiembre, apenas una semana después de la retomada del diálogo entre el gobierno central y el regional, el delicado equilibrio para superar la enquistada crisis catalana volvía a tambalearse. El ahora eurodiputado Carles Puigdemont había sido arrestado a su llegada a Alguer para participar en un festival cultural.
Establecido en Bélgica desde el fracaso secesionista, no era la primera vez que le detenían desde 2017. Pero este nuevo arresto, el tercero, ocurría en un contexto nuevo, en plena distensión entre Madrid y Barcelona.
"Esta detención le viene bien a todos los que quieren hacer saltar por los aires la mesa de negociación. Viene bien a Junts [el partido de Puigdemont] y viene bien a la derecha española", valoró la profesora de Ciencias Políticas de la Universidad Oberta de Cataluña, Ana Sofía Cardenal.
El triunfo este año en las elecciones regionales de Izquierda Republicana de Cataluña (ERC), apoyo de la coalición minoritaria de Sánchez en el Congreso español, había abierto una nueva etapa que pronto se tradujo en la concesión de los indultos a los líderes secesionistas en prisión.
No todo el independentismo, sin embargo, ve con buenos ojos este acercamiento, donde sus dos grandes reclamos --la celebración de un referéndum de autodeterminación y la amnistía para los procesados- siguen sin tener cabida para Madrid.
Uno de los mayores escépticos es el propio Puigdemont, quien afirmó a principios de mes que "la confrontación con el Estado no se puede rehuir", y cuya formación, Junts, decidió finalmente no sentarse en la mesa.
Hace justo cuatro años, la Cataluña que él presidía elevó su pulso al Estado con la celebración de un reférendum ilegal, marcado por escenas de violencia policial, en uno de los puntos álgidos de la mayor crisis política que ha vivido el país desde el fin de la dictadura franquista en 1975.
"España no pierde nunca las oportunidades de hacer el ridículo", lanzó Puigdemont el viernes, a su salida de la cárcel en Cerdeña.
Tras una noche retenido, fue liberado con el compromiso de comparecer el 4 de octubre a una audiencia que, según sus abogados, no hay duda que terminará con él rechazo del pedido de extradición.
Sus letrados pretenden subrayar la contradicción entre la abogacía del Estado español, que había indicado que la orden de arresto se encontraba suspendida mientras decide la justicia europea, y el Tribunal Supremo.
Para la alta instancia, la orden está perfectamente activa y Puigdemont ya no cuenta con la inmunidad legislativa que le retiró el Parlamento Europeo en marzo.
Aunque menos visible que antes, el expresidente catalán sigue siendo un hombre clave para las alas más duras del secesionismo.
"Cuando eres eurodiputado tu presencia mediática se reduce, pero incluso así todavía tiene un papel importante en la política catalana, porque es presidente de un partido [Junts]", estimó Toni Rodón, politólogo de la Universidad Pompeu Fabra.
Su formación, sin embargo, no consiguió retener la presidencia en febrero y el gobierno regional lo dirige ahora Pere Aragonès, de ERC, que lo ha apostado todo al diálogo con Madrid.
En un complejo equilibrio que conjuga las consignas independentistas con la negociación con el gobierno central, Aragonès elevó un poco el tono tras la detención de Puigdemont, e incluso tomó un ferri hasta Cerdeña para apoyarle. Pero sin romper puentes con España.
"Ahora sería muy costoso dar marcha atrás, porque la estrategia que defiende su adversario político [Junts] es justamente la de no negociar, de confrontar", indicó la profesora Cardenal.
Y hay mucho en juego.
"El votante medio lo que quiere es que resuelvan sus problemas, porque ya se empieza a ver que esto tiene costes también para la economía de Cataluña", agregó.
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FUENTE: AFP
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