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El fantasma de Sudáfrica

Hay una historia para contar. Folklórica, llamativa y original pero que poco tiene que ver con el bajo perfil que tradicionalmente distingue a los equipos uruguayos y, sobretodo, a la selección de Tabárez.

Hay una historia para contar. Folklórica, llamativa y original pero que poco tiene que ver con el bajo perfil que tradicionalmente distingue a los equipos uruguayos y, sobretodo, a la selección de Tabárez.

Nunca favoritos, dice la canción. Es mejor punto que banca, señalan los expertos.
Sin subestimar, gritan los líderes positivos en la víspera de las grandes batallas. 

Fue en plena rambla de Fortaleza.

Cientos de uruguayos, ataviados con camisetas y gorros, con sus caras pintadas y muy pocas posibilidades de pasar un control de espirometría, danzaban alrededor del aterrador personaje que perturbó durante años a los brasileños: el fantasma de Maracaná.
Envuelto en su sábana celeste, con el 1950 pegado en su piel, posaba -cual ídolo adolescente- con todos los que se acercaban.

Así, se dejaba balancear entre frenéticos abrazos y atronadores cantos de tribuna.
Pero... La vida te da sorpresas.

El mismo ingenio popular que lo erigió en mediático personaje jugó con su destino final y proclamó su suicidio minutos después del triunfo de Costa Rica ante Uruguay en el hermoso Castelao.

Dicen que en el pecado está la penitencia y aunque Diego Lugano, a viva voz -en el laberinto de la zona mixta- proclamó que este equipo no mató ni robó, hay errores imperdonables que cuestan más que un partido.

La fría interpretación táctica puede condimentarse con frases que escuché desde que paseo de torneo en torneo detrás de los benditos piques de la pelota: está prohibido equivocarse en un duelo clave.

Un juego de alta competencia condena un error con segura derrota.
Me contaron algunos jugadores que, en la charla del entretiempo, Tabárez hizo notar algunas fallas y reclamó máxima atención ante un equipo que manejaba bien la ejecución de los tiros libres y, que, además, dispone en su artillería ofensiva de un futbolista incisivo y peligroso como Cambell.

¿Desatenciones? Muchas.

¿Exceso de confianza? Tal vez en los hinchas.

¿Mal comienzo, buen fin? Ojalá.

Uruguay dilapidó la ventaja que consiguió con el penal que ejecutó notablemente Cavani en tres minutos.

La frialdad de criminal de guerra de Cambell para ajusticiar a Muslera tras un mal balance defensivo y una jugada previamente ensayada y conectada en el segundo intento desmoronaron a Uruguay con la misma rapidez que un huracán desparrama un castillo de naipes.

En desventaja, el equipo deambuló y fue apenas un espectro -vaya paradoja, casi un fantasma- del que nos llenó de orgullo en Sudáfrica.

Un desdibujado esbozo de aquel Uruguay de gladiadores y talentos que salió a conquistar la gloria mundialista en 2010 con un derroche de coraje y buen fútbol que se apoyó en el estelar momento de Forlán.
Adormecido por el asfixiante calor, aletargado y sin explosión, el combinado se entregó a su suerte sin esa chispa que encendía los corazones de los hinchas cuatro años atrás.

No hubo buen manejo de pelota.

El problema -casi cultural, al decir de Tabárez- se agudizó amparado en las sombras de un estilo tan anunciado como tibio.

Con el correr de los minutos, cenicienta se convirtió en princesa y hubo tiempo para un gol más y una patada de otros tiempos coronada con roja inevitable para Maxi Pereira.

En el banco, condenado a sufrir por culpa de esa maldita rodilla, Suárez seguía el partido como un hincha más.

En un equipo que pagó caro sus pecados hace falta un salvador que ayude a salir de las sombras.

Ojalá el Dios de Anfield lo saque de las tinieblas.

Pero no es He Man.

Que conste en las sagradas escrituras.

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