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Bolivianos conmemoran "Día de los Difuntos" sin su habitual comida

Zulema Luna solía llevar flores y la comida favorita de su padre cuando visitaba su tumba en el Cementerio General de La Paz cada 2 de noviembre, en el Día de los Difuntos, una tradición arraigada en Bolivia pero trastocada por la pandemia.

Zulema Luna solía llevar flores y la comida favorita de su padre cuando visitaba su tumba en el Cementerio General de La Paz cada 2 de noviembre, en el Día de los Difuntos, una tradición arraigada en Bolivia pero trastocada por la pandemia.

Desde tiempos de la colonia española esta tradición se replica en casi todo el país con una ceremonia de bienvenida en las casas a las almas de personas fallecidas cada 1 de noviembre, y termina con una despedida en los cementerios al día siguiente.

En el Cementerio General de La Paz, fundado en 1826, un año después de la fundación de Bolivia, las personas eran revisadas este martes por personal municipal para evitar que introduzcan comida y bebida, elementos imprescindibles en esta fiesta antes de la pandemia de covid-19.

Compartir la comida preferida del fallecido era un acto habitual que ahora ha sido prohibido.

También está vetado en el cementerio el consumo de bebidas alcohólicas para evitar la propagación del covid-19, que en las últimas semanas registra un incremento de casos diarios en el país.

Además, los visitantes deben presentar un certificado de vacuna para entrar al camposanto, donde el ingreso de menores está prohibido.

En este cementerio de nueve hectáreas, que alberga 109.630 nichos, estaba este martes la familia de Antonio Luna Morales, fallecido hace unos años.

Su hija, Zulema Luna, adorna el nicho con flores y pequeños pedazos de pan. "Aquí [estamos] recordándolo con mucho cariño y amor", dice la mujer a la AFP.

Como dicta la tradición, la familia comenzó esta ceremonia en su casa el lunes, en el Día de Todos los Santos, "para recibir las almitas a mediodía".

"Hemos preparado siete platos diferentes [de comida], lo que le gustaba. Hemos orado, hemos puesto velas", señala Zulema.

Lupe López, quien también visita el cementerio, dice que cumplen esta tradición "en familia". "Hemos hecho pancito y la comida que le gustaba a mi suegro, también hemos visitado mi abuelita", pero por la prohibición, se lo tuvieron que comer en casa el lunes.

En otro lugar del cementerio hay una fosa común con unas 160 víctimas de la pandemia del coronavirus, entre ellas Germán Villca, dice su hermana Julia.

"Está aquí, no sabemos el lugar preciso, pero está aquí", dice la mujer, quien cuenta que asumieron el infausto hecho con resignación.

El año pasado se hicieron entierros rápidos de muertos por coronavirus, por temor a los contagios. Los cuerpos fueron colocados en esta fosa y no hay la precisión en qué parte quedó cada cadáver.

Algunos familiares contratan a músicos o guitarrista para que interpreten, por algunas monedas, canciones que era del gusto del fallecido. También hay algunos sacerdotes católicos que ofician misas al aire libre.

La sepultura del comunicador Carlos Palenque es una de las más visitadas este martes. Era un mestizo que hablaba perfectamente el aymara y propietario de una radioemisora y un canal de televisión.

En la década de 1980, Palenque abrió sus micrófonos para que la gente pobre contara sus penas. El éxito mediático lo disparó hacia la política. Murió tras un ataque al corazón en 1997 cuando se preparaba a lanzar su candidatura a la presidencia de Bolivia. En su lápida dice "Santo de los Pobres".

Frente a la tumba rezaba Félix Ramos Nacho junto a algunos familiares. "Nunca lo vamos a olvidar, pero él era el que se más se preocupaba de los pobres", dice el hombre a la AFP.

A otros cementerios de Bolivia, particularmente en su parte occidental, donde hay fuerte presencia aymara, la gente también acude masivamente cada 2 de noviembre.

jac/fj/dga

FUENTE: AFP

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