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Por el bulevar de los sueños rotos

Cuando relato un partido de Uruguay cumplo con los ritos de cualquier hincha.

 

Cuando relato un partido de Uruguay cumplo con los ritos de cualquier hincha.

Incorporo alguna cábala, repito indumentaria -por ejemplo en Sudáfrica 2010 era infaltable el traje gris con rayas celestes y la bufanda de Canal 10- y elijo siempre el mismo lado del escritorio para contar el partido.

Generalmente, me acompaña algún insulto fuera de cámara o una desbordante alegría capaz de mezclar -cual trago de emociones que desencadena la más impensada vulnerabilidad- risa, disfrute, acelere y hasta algún lagrimón como aquella noche en Joburg' con el penal que picó El Loco.

Sin embargo, con el equipo panamericano de fútbol no dieron resultado.

Esta vez, camino a Guadalajara, la representación uruguaya esquivó los malos humores del volcán Puyehue, cuya columna de cenizas ya completó la vuelta al mundo, alcanzó varias ciudades y complicó la partida de la delegación hacia tierra azteca. Pero no pudo sortear rivales con plasticidad.

Entre demoras, vuelos colapsados y ansiedades apenas dominadas, Uruguay marchó a la capital de Jalisco donde un millón y medio de enfervorizados lugareños esperaban ver al “Tri” obtener la medalla de oro.

En el “Valle de la Piedra”, Uruguay deambuló -como atolondrado herido sin rumbo fijo- cargando cansancio, tácticas entreveradas, bajos rendimientos individuales y escaso acople de la estudiada estructura que proponía Verzeri.

No alcanzaron cábalas -ni las suyas, ni las mías- plegarias en el vestuario, conjuros en plena tormenta y rotación de hombres y sistema.

El equipo juvenil pasó sin pena ni gloria por México.

A la hora de buscar culpables, las armas destructoras apuntan al entrenador.

Desde su seriedad y andar cansino a su propuesta estética en la cancha, el ingeniero Verzeri -quien nos asombró con Racing- quedó atrapado en sus trece y no logró hacer brillar al equipo.

La designación del entrenador que se lució en el equipo de la Avenida Millán -donde se acunaron los sueños del “Olímpico” de “Porque Te quiero Así”- fue previa al Mundial 2010. En ese momento algunos impertinentes dirigentes ya descontaban el cese de Tabárez, y disfrutaban al contradecirlo en su deseo de acercar a Daniel Carreño a las selecciones juveniles.

Lo hecho... hecho está.

Verzeri trató de encauzar el barco pero no pudo.

Sus selecciones, que lograron el mágico premio de llegar a los Juegos Olímpicos de Londres, siempre dejaron al hincha con la duda.

Seamos sinceros: como también había ocurrido con el equipo que dirigió Diego Aguirre en el Mundial de Egipto.

Antes de partir, se especuló si Verzeri sería el técnico en Guadalajara. Se habló del conteo de sus días, del cese a la fecha de culminación de contrato y hasta de algunos meses con sueldo y sin trabajo.

Finalmente, cosa lógica, llegó con sus ilusiones al “Omnilife”.

Pasó Ecuador con ajustado triunfo, México -con papelón incluido- y Trinidad y Tobago.

También pasó Argentina en duelo caliente donde Uruguay acarició el empate que nunca llegó.

El tren pasó y no se detuvo.

Verzeri también lo vio pasar porque sabe que su ciclo en la selección comenzó a cerrarse.

Es que, citando al inefable Joaquín Sabina, capaz de deslizar los mejores acordes cuando los demás tambalean en su intento de ganarle a los vicios, este adiós no maquilla un hasta luego.

La guitarra cínica y dolorida reavivó viejos pleitos de enemigos íntimos y ni siquiera hubo reconocimiento al hidalgo vencedor.

La batalla por la batalla final ante Argentina casi termina en batalla campal.

Terminó el cuento.

Los pibes pasaron y siguen siendo pibes.

Tendrán que aprender a sufrir masticando la saliva de la incomprensión y escribiendo en un secreto papel -guardado bajo siete llaves- la autocrítica que no haga hirientes las merecidas críticas.

Contagiados de la fiesta mundial, de los andares avasallantes de Suárez, Forlán, Cavani y compañía,  les pedíamos el oro y el moro a los viajeros del vuelo tardío.

No pudo ser.

Aprendiendo a leer en los ojos de la multitud futbolera encontrarán la explicación del fracaso. Porque cuando no se logra el objetivo poco importa lustrar la frase de “Don Pierre” y proclamar que lo importante es competir.

Volverán a casa pensando en la revancha que -tarde o temprano- llegará porque condiciones sobran.

Eso sí, habrá otro conductor para guiarlos.

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