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Patadas, piñas y algo más: las grandes grescas de los Mundiales

Desde los primeros mundiales hubo partidos con más violencia que juego bonito. Chile-Italia en el 62 es el partido más vergonzoso de los Mundiales.
Por Daniel Rodríguez @

En su ideal de Copa del Mundo Jules Rimet pregonaba los conceptos de deportividad y juego limpio, dentro y fuera de la cancha.

Pero en algunas ocasiones el Fair Play no impidió que se cruzara el límite entre la competencia leal y el vale todo.

FRACTURAS. Las crónicas de los Mundiales de la década del 30 registran dos cruces donde sobraron las brusquedades y faltó fútbol.

El primer Italia-España del 34 terminó empatado y con 11 lesionados: siete españoles y cuatro italianos.

Tras la revancha otros tres españoles terminaron en la enfermería. Italia pasó a semifinales y España se fue del Mundial, acusando a los árbitros de amparar el juego sucio del equipo local.

En Francia 1938 el saldo del primer juego entre Brasil y Checoslovaquia fue de tres expulsados, con nueve brasileños y ocho checos lesionados, dos de ellos con fracturas a causa de las patadas y golpes que se cruzaron en el estadio de Burdeos.

BATALLA CAMPAL. Pero la primera gresca que se extendió fuera de la cancha ocurrió en 1954 en Berna, Suiza, tras el juego de cuartos de final entre Hungría y Brasil.

El partido transcurrió entre tirones de ropa, pierna fuerte y goles. A los 71 fueron expulsados Bozsick y Nilton Santos por agresión mutua y minutos después el juez inglés Ellis echó al brasileño Humberto.

Con el ambiente caldeado los húngaros festejaron el triunfo y los brasileños comenzaron con los reclamos.

Los golpes empezaron entre un brasileño de particular y un policía, siguieron en el túnel y terminaron en los vestuarios.

Los norteños alegaron que el problema lo inició el húngaro Puskas al lanzar un botellazo a Pinheiro, por lo que fueron por la revancha.

El que se llevó la peor parte fue el técnico húngaro Gustaz Szebes, con una herida en la cara a causa de la refriega.

PREVIA CALIENTE. El Chile-Italia del 62, en Santiago, venía precedido de un clima enrarecido. Primero porque dirigentes italianos cuestionaron la capacidad de Chile para organizar el Mundial, mientras los trasandinos se recuperaban del devastador terremoto de 1960.

Lo que vino después fueron dos crónicas publicadas en Italia con valoraciones negativas hacia Chile.

Corrado Pizzirelli, en “Il resto del Carlino”, describió a Santiago como “un lugar deprimente y el símbolo triste de uno de los países subdesarrollados del mundo y afligido por todos los males posibles: desnutrición, prostitución, analfabetismo, alcoholismo, miseria”.

En el Corriere Della Sera, Antonio Ghirelli criticaba la falta de alojamientos, el servicio de taxis y las comunicaciones, entre otros aspectos.

El sentimiento nacionalista de los chilenos se exacerbó antes de este partido, mientras que los italianos se prepararon para un ambiente hostil.

GOLES Y PATADAS. El árbitro fue el inglés Kenneth Aston, quien admitió que su actuación fue abiertamente localista, ya que a su juicio aquel no era un partido normal y optó por el mal menor.

A los 5 minutos el italo-argentino Humberto Maschio y Landa protagonizaron el primer cruce. En medio de la protesta Maschio le pegó a Leonel Sánchez.

Tres minutos después Ferrini fue expulsado por un foul a Landa y Sánchez -hijo de Juan Sánchez, campéon de boxeo- fue por la revancha y noqueó a Maschio. Ante esas agresiones Aston miró para un costado.

Pero para Sánchez habría otro round. Disputando la pelota con Mario David, el italiano le dio dos patadas.

El chileno respondió con una zurda al mentón, todo esto ante la pasividad del árbitro. La revancha vino al cierre del primer tiempo, con una patada voladora de David hacia Sánchez. El italiano fue expulsado.

Desde allí hasta el final llegaron dos goles de Chile y un montón de patadas, con Aston aplicando el “siga siga”. A los 90 pitó el final y se fue de la cancha, dejando atrás uno de los partidos más vergonzosos de la historia de los Mundiales.

A TODO COLOR. En el 2006, 44 años después, a todo color y con repeticiones, Holanda y Portugal lucharon más de lo que jugaron; ni los palos se salvaron de las patadas.

Con cuatro expulsados, dos por bando, y 16 amonestados, es el partido récord en cantidad de tarjetas rojas y amarillas.

En Nuremberg el joven Cristiano Ronaldo fue el principal objetivo de los holandeses hasta que salió lesionado.

Pero los lusos no se quedaron atrás a la hora de poner la pierna fuerte... y algo más.

Cabezazos, codazos, patadas, planchas, empujones y discusiones de todo tipo. Los expulsados por el ruso Valentín Ivanov, todos por doble amonestación, fueron Costinha, Boulharouz, Deco y Van Bronkhorst.

A pesar de todo lo que ocurrió adentro de la cancha, afuera las cosas se enfriaron entre los protagonistas.

Además de pierna fuerte hubo algo de fútbol, y en ese rubro ganó Portugal 1 a 0.

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