Lo contarán los Griots y sonará música de Mbalax
Fue una tarde fría, hace dos meses en "Picadilly Circus"
Londres le ganaba el partido a la niebla mientras cientos de turistas se mezclaban alrededor de la plaza del West End cuando un matrimonio que apuntaba su cámara hacia las luces multicolores de la Regent Street se acercó y -entre tímidos y alegres- me confesaron orgullosos su orientalidad.
Yo había llegado a Inglaterra para cubrir la final de la "FA Cup" entre Chelsea y el equipo del "Pistolero" Luis Suarez y ellos -en precioso viaje de reencuentro con su bella juventud olvidada- se regalaban el viaje por Europa que tanto habían soñado.
Tras la charla sobre costos, paseos, idiosincracia británica y bueyes perdidos, surgió la pregunta inevitable: "¿Qué tal ves a Uruguay en los Juegos?".
Me declaré biológicamente optimista y me quedé pensando en la frase que precedió la despedida al pie de Shaftesbury Avenue donde se levantan los principales teatros de la ciudad que los antiguos romanos llamaban Londinium: "Ojo con Senegal... Los africanos siempre nos complican".
Un griot es un narrador de historias de África Occidental.
El griot cuenta la Historia de la forma que lo haría un poeta, un cantante de alabanzas o un músico vagabundo.
Con el tiempo, entre perfecto fraseo y música de "mbalax" -acompañada de la afinada voz de Youssuo N'Dour- agregaran a sus relatos de historia deportiva el triunfo en Wembley ante el equipo de los fantásticos Suarez y Cavani, dos delanteros que el mundo nos envidia.
La leyenda, en boca del griot, que hereda su virtud por tradición familiar y la prolonga casándose con una dama de condición similar, narrará la historia de un partido jugado en un mítico estadio, saldado con triunfo 2-0 ante un equipo que ganó dos veces la medalla de oro y nunca había perdido en una competencia olímpica.
Agregaran condimentos que agiganten la hazaña y recordaran que durante 60 minutos soportaron el embate del rival con un hombre menos porque Ba agredió al famoso Pistolero de Anfield con una brutal patada que le costó la roja.
Pero la historia mística, esa que se cuenta en extraños dialectos -o en perfecto francés- y que hubiera llenado de orgullo a los Zenaga que comenzaron a escribir la historia del país a orillas del Río Senegal, omitirá detalles del adversario caído en la batalla ante los feroces embates del bravo Pape Moussa Konaté, jugador de Macabi Tel Aviv.
Los griots, en el afán de agigantar el logro, no harán referencia a los enormes errores defensivos de Uruguay. No consignarán el paseo que le dieron a Albín en los primeros minutos y que obligó a Tabárez a cambiarlo de izquierda a derecha. Tampoco los increíbles goles de pelota quieta, la insólita jugada del segundo gol donde fue Suarez (Sic) quien saltó para marcar a Konaté y Cavani el último escollo antes de Campaña.
No detallaran que la suerte le jugó en contra a Gastón Ramírez, que Mané hizo tapadas buenísimas y que el Gran Luis erró un cabezazo imposible.
También omitirán que sacaron una pelota en la goal-line del Matador Cavani, que Lodeiro no repitió y que lo planeado no se cumplió.
No registrarán el enojo mediático del Cacha o la bronca en cada respuesta del Maestro por la desobediencia táctica.
En Dakar, Matam o Saint-Louis sólo cantaran loas al fantástico número 7 y los compañeros que escribieron la historia.
Tocó perder.
No hay excusas.
Hay que marchar a Cardiff con más presión que alivio.
Ahora toca bailar con la mas fea.
Ojalá que en las Islas Maravillosas -como las bautizó Boyle en la fastuosa ceremonia- donde reinaron The Beatles, un hombre -venerado y amado en la ciudad de los genios- dispare la bala que deje fuera de combate al anfitrión.
Lo merece por tanto abucheo inmerecido.
Que se haga justicia... Pistolero.
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