Resurrección, milagros y gualichos

Tres golazos, tres definiciones dignas de la English Premier League -de donde toma su nombre el viejo cuadro de La Cuchilla- dejaron tambaleante a Peñarol.

RESURRECCION, MILAGROS Y GUALICHOS

Por Roberto Moar

 

Los periodistas deportivos tenemos esa necesidad de anticiparnos al andar del mundo futbolístico para después regodearnos con nuestros aciertos y vaticinios.

Así, cuando se cumplen las profecías de los “Nostradamus de la Pelota”, se celebra con un grito que acompaña el golpeteo del puño en la mesa: “¡se lo habíamos adelantado!”.

En este “Apertura”, el andar avasallante de Peñarol, combinado con precisos ajustes de Gregorio Pérez a su llegada, encandiló miradas expertas y todos afirmaron que el aurinegro ganaría el certamen al galope de sus figuras, solventado en la estrategia de un entrenador tan inteligente como respetado.

Todo se apoyaba en el brillo -hoy apagado- que irradiaba la sutileza norteña de Joao Pedro -que paso de Joao a Pedro y de Pedro a Pedrinho-, los goles del “Clase A” Zalayeta, la precisión de un mediocampo “made in Gregorio” y la solvencia de Carlos Valdez.

Claro que los expertos analistas del tempranero apocalipsis de la emoción se vieron forzados a dirigir sus miradas hacia la proletaria Villa del Cerro, cuna de pibes de potrero que igual le tiran una gambeta a la necesidad que impone el barrio de flacos bolsillos como al rival que se les planta desafiante.

Cerro vive y lucha”, proclamó “Tato” Ortiz, su director técnico.

Su voz resonó con la templanza de un gigante capaz de tumbar a los que pretendiaran ningunearlo.

Más temprano en el campeonato, el “River de los milagros” del Guille Almada y el Nacional desflecado de Marcelo Gallardo, al que sólo iluminada el genial Recoba, se habían estancado en la carrera hacia la gloria de un torneo corto.

Agazapado, mirando con desconfianza los pronósticos, con bronca y junando por un mal partido en el Estadio Centenario ante Peñarol, Danubio -equipo de frack elegante en toda su historia- se calzó el engrasado overol y -como la mejor proclama izquierdista- apeló a la solidaridad de sus hombres para encontrar la luz que lleva a la cima.

Necesitó una ayudita en los escritorios -tan válida como desagradable porque usted sabe que “los partidos se ganan en la cancha”- para duplicar la apuesta.-

Además lo condimentó con el sabor exquisito de un triunfo clásico que confirmó al resurrección de la emoción en un certamen que parecía aletargado y sentenciado.

Así, tras un fin de semana eléctrico, los vaticinios comenzaron a tornarse más cautos.

Liverpool fue azotado en su endeble espíritu por un motivador recien llegado, Julio César Antunez, que ahuyentó complejos paralizantes y limpió la cabeza de sus futbolistas al influjo de la proclama: “Hay que divertirse en la cancha”.

Tres golazos, tres definiciones dignas de la English Premier League -de donde toma su nombre el viejo cuadro de La Cuchilla- dejaron tambaleante a Peñarol.

Anote dos brutales misiles y una definición de contra digna de manual que pusieron en jaque al líder carbonero.

No lo aprovechó Cerro que -en partido de trabalenguas- se empantanó contra Cerro Largo.

No lo aprovechó River Plate que zucumbió ante el profiado Bella Vista encomendado a la verborragia de su carismático DT. El los contagió de su arrasador apodo y les dio confianza.

No lo aprovechó Nacional que en polémico partido -con dos penales ignorados-  vio como la suerte grela lo largó parao con pelotas que sacaron los zagueros de Fénix en jugadas dignas de ciencia ficción y superhéroes.

En cambio, allá por la Curva, el Pecho Sanchez, está feliz.

Danubio no luce como en aquellas hermosas tardes de Los Pibes de Walt Disney. No viste de etiqueta ni sus jugadores tiran caños, rabonas o taquitos que regocijen el paladar negro de los hinchas. Pero gana y se viene. Bravo y entonado. Seguro y bien parado.

Con ayuda de la burocracia futbolera pero cimentado en la fuerza de un entrenador que se sobrepuso a vientos huracanados, angustias sofocantes y ayudas escasas.

En España, una vieja frase define un campeonato al rojo vivo: “Hay Liga”.

Por el milagro de triunfos impensados o por conjuros que evitaron que la pelota entrara, bien podemos decir que resucitó la emoción.

“Hay Apertura”. En hora buena.

Dejá tu comentario