La cultura del bajón

Hace años, que apoyados en el tradicional arte de cautivar con palabras, futbolistas, entrenadores y dirigentes reiteran que el fútbol uruguayo es un milagro.

 

La palabra, asociada a los hechos que se contemplan con admiración o estupefacción, cae como anillo al dedo a varias proezas de selecciones y equipos de este país. 

Así, sintieron asombro ante lo inefable los brasileños en el “Maracanazo” del 50, los que asistieron a la agónica victoria de Peñarol en Santiago de Chile contra el maldito América de Cali -víctima de la furia de “Garabato”- o los que empujaron el último penal de Nacional contra PSV en la Final Intercontinental de Tokio. 

Pero los milagros, emparentados a una fuerza poderosa o divina escapan al método científico. Al fin y al cabo, si uno fija pasos -bien estudiados- es probable que pueda ir de la “A” a la “Z” sin sobresaltos. 

Los milagros del fútbol uruguayo se remontan a los tiempos de pelota de cuero, camiseta con botones o cordones y buen plato de pasta antes de dormir una siesta reparadora para llegar con fuerzas al partido decisivo. 

La leyenda cuenta que el magistral Gambetta se “tiró un ratito” antes de la final contra los brasileños sin escuchar el atronador grito de 200 mil torcedores en las tribunas. 

En un país donde lo banal le gana a lo importante -y se discutía si el “Vasco” Cea había nacido en España o en “Arroyo Seco”- resulta dificil dimensionar el éxito de una selección basado en el trabajo, la disciplina, el grupo humano y la necesidad de superación, todos pilares del equipo que obtuvo el cuarto puesto en Sudáfrica 2010.

Uruguay, uno de los equipos más exitosos en el mundo, conquistó 20 competiciones oficiales reconocidas por la FIFA, récord a nivel mundial en las selecciones mayores. Sumemos: 2 ediciones de la Copa Mundial de Fútbol, 2 ediciones de los Juegos Olímpicos cuando eran protagonizados por selecciones mayores, 15 títulos de Copa América y un “Mundialito”. 

Igualmente, siempre hay excusas. La “Celeste” con su fútbol olímpico deslumbró en la Europa de los años veinte. Cosechó aplausos y consideración en una época que el Viejo Continente no lograba despuntar en el gran mundo del fútbol.

A las proezas del 24 y el 28 siguió la coronación en el Mundial del 30 con una victoria dramática y caliente ante Argentina. “Los uruguayos llevarán por siempre consigo la gloria y la desgracia de haber sido. Mientras los argentinos, por años, la maldición de creer ser lo que nunca pudieron demostrar que fueron” sentenció el escritor Juan Sasturain reflejando la envidia que despertaba   nuestro fútbol en el vecino país.

Pasaron guerras devastadoras y crisis económicas, un Maracanazo, revoluciones contraculturales y libertarias, enérgicos debates sobre nacionalismo, mercantilización, consumismo y capitalismo. Hubo tristes dictaduras, muertes absurdas, Beatles, New Age, Pelé, Maradona y deportistas de laboratorio.   

El fútbol uruguayo que logró un honroso cuarto puesto en México 70 perdió la bendición divina y fue arrastrando su alma de viejo campeón entre falsas actuaciones, derrotas humillantes, dolorosas ausencias en los Mundiales y -como si fuera poco- cargó la chapa de equipo duro y violento.

Así, alguna vez, Alex Ferguson, reflotado en nuestras crónicas cotidianas por el caso Suárez-Evra, se despachó con una frase que hirió nuestras viejas glorias deportivas y humanas: “Es toda la actitud sangrienta de la nación. Los uruguayos no tienen ningún respeto por la dignidad de otras personas”. (SIC)

Nuestro bajo nivel futbolístico disparó discusiones sobre política deportiva, marketing -somos un mercado muy pobre-, reestructura e intervención gubernamental.

“La Fifa nos odia”, proclamamos para justificar nuestros males.Pero el tiempo permite ordenar los sucesos. Hay un pasado y un futuro. Y también un presente.El que atraviesa el fútbol uruguayo es fantástico. Dentro de unos meses, Uruguay disputará los Juegos Olímpicos y la chance de ganar una medalla no es disparatada. Mi pensamiento no se sostiene en una aceitada mezcla de alquimia, religión o filosofía.

Sólo se trata de disfrutar los buenos tiempos, sin olvidar los malos ni los trastornos que en nuestros estados de ánimo ejercían las derrotas. Óscar Tabárez ha declarado la guerra a “La Cultura del Bajón” que identificó -por años- a aquellos filósofos de la pelota que siempre sostuvieron que la gesta del 50 ocurrió esa vez y nada más. ¿O acaso el periodista César L. Gallardo no dijo que Uruguay fue un desastre en esa final?

Son los mismos que argumentaron que el tiro de Diego Aguirre fue de suerte o que el penal de Tony Gómez entró de casualidad.Yo me declaro soldado y combatiente. Militante del embate a nuestro pesimismo, disciplinado cultor de la sentencia que “mañana todo podrá ser superado”. 

En lenguaje futbolero, tal vez con una medalla dorada...  Al fin y al cabo, en la tierra que albergará los JJ.OO., Uruguay puede hacer historia como aquellos héroes de la pelota que -como no sabían que era imposible- lo hicieron posible.

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