El barco de la esperanza

    A las 9 de la noche y cuando sonó la sirena del Vapor de la Carrera, el río se presentaba calmo como nunca para esa época del año (16 de junio de 1984) aunque estaba muy frío, había una llovizna finita y un manto de niebla cubría el cielo.

    A las 9 de la noche y cuando sonó la sirena del Vapor de la Carrera, el río se presentaba calmo como nunca para esa época del año (16 de junio de 1984) aunque estaba muy frío, había una llovizna finita y un manto de niebla cubría el cielo.

    Un puñado de uruguayos envueltos en sus banderas y cantando, disputaban ser la última imagen en los ojos del caudillo blanco, Wilson Ferreira, que les sonreía desde la baranda de cubierta y los saludaba con la mano.-

    Wilson regresaba al país después de once años de exilio, acompañado por sus familiares, amigos, dirigentes políticos de todos los partidos, militantes blancos y un enjambre impresionante de periodistas.

    En el ocaso de la dictadura y cuando se producían negociaciones entre militares y políticos para encontrar la salida menos traumática, el Partido Nacional había decidido que Wilson Ferreira fuera su candidato a presidente, aunque el líder blanco estaba proscripto y requerido por la justicia militar.

    Era tal la cantidad de gente que iba en el barco, que los camarotes no fueron suficientes, decenas de personas deambulaban por los pasillos y a la hora de la cena fueron unos pocos los que pudieron hacer “algo de boca”.

    A mitad de mañana el barco ingresó en aguas uruguayas e inmediatamente  fue abordado por personal de la Armada.

    La orden era llevarse a Wilson, pero el líder político no estaba dispuesto a ceder: “voy a ingresar al país por la puerta grande, del barco no me bajan”, afirmó.

    El próximo paso en el plan de los militares, era desviar el barco hacia el Puerto de Punta del Este, sin embargo Wilson llamó a un alto funcionario del Vapor de la Carrera y le dijo “si le preguntan dígales que no nos alcanza el combustible”.

    El funcionario contó años después que fue a la sala de máquinas, se persignó y con un martillo rompió el flamante reloj de bronce medidor de combustible.

    Finalmente y después de tensas horas de negociación el Vapor de la Carrera arribó al Puerto de Montevideo.

    El acceso a la Ciudad Vieja fue bloqueado por los militares, Wilson y su hijo Juan Raúl fueron llevados en helicóptero al cuartel de Trinidad y los cientos de pasajeros del barco fueron distribuidos por ómnibus de empresas de línea que habían sido dispuestos con ese fin por el gobierno militar.

    Cinco meses y medio después, el 30 de noviembre de 1984, Wilson fue liberado. En la madrugada del 1º de diciembre, en la Explanada Municipal, el caudillo blanco protagonizó un histórico discurso, donde se comprometió a darle “gobernabilidad” al gobierno colorado.

    Wilson nunca alcanzó su sueño de ser Presidente de la República, vivió once años en el exilio y estuvo muy cerca en Buenos Aires, de correr el mismo destino trágico que Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz.

    Cuando se están cumpliendo 27 años del histórico regreso de uno de los líderes políticos más importantes del país, me parece que está bueno tomarnos unos minutos para el recuerdo; se lo merecen los miles de uruguayos que entregaron hasta su último aliento por defender la Democracia.

     

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