Cuando la ciudad tiene barreras -para algunos- invisibles

    Uno de cada cuatro uruguayos es mayor de 60 años y la tendencia es que esta cifra crecerá.Si bien la gran mayoría de personas mayores no tiene problemas de salud 20% presenta alguna dificultad en actividades básicas de la vida diaria


    Uno de cada cuatro uruguayos es mayor de 60 años y la tendencia es que esta cifra crecerá.Si bien la  gran mayoría de personas mayores no tiene problemas de salud  20%  presenta alguna dificultad en actividades básicas de la vida diaria

    Esto no sería un problema si en Uruguay  las ciudades, las zonas rurales o incluso las viviendas particulares  estuvieran pensadas para  las personas que tengan alguna dificultad permanente o transitoria: esto es para quien ya no ve tan bien como antes, tiene algún grado de sordera, o dificultad motora,  porque las piernas no responden como antes o hay alguna operación de rodilla o cadera tan común en nuestro pais.

    Con alguna capacidad disminuida, recorrer la ciudad para pasear, hacer un trámite, visitar un amigo o familiar se puede convertir en una carrera de obstáculos.

    Porque las ciudades y sus entornos muchas veces no son fácilmente accesibles para todos por igual , y no permiten una circulación segura, facil y autonoma para algunos. Y lo peor es que muchas veces estas dificultades no son reconocidas por quien no las vive.

    Hay barreras de distinto tipo dependiendo de la dificultad que se tenga.

    Hay barreras físicas que impiden recorrer normalmente la ciudad como las veredas en mal estado,  baldosas flojas o pavimento resbaladizo, cordones altos y sin rebajes.

    Hay barreras  arquitectónicas, como la presencia de escalones en los accesos de viviendas o edificios, la ausencia de pasamanos acompañando las escaleras,  pasillos o ascensores muy angostos, mostradores altos, la falta de carteles o señales indicando de forma clara donde dirigirse para -por ejemplo- hacer un trámite.

    Están las barreras de transporte dadas por plataformas altas, o carteles de destino con números y letras que se ven cuando el ómnibus ya pasó.

    También hay barreras tecnológicas: que se evidencian a la hora de usar los cajeros automáticos, las terminales de auto consulta con el consiguiente enojo de quienes siguen en la cola y el creciente nerviosismo de quien no puede completar la operación! Y ni que hablar de tratar de explicar como funcionan las computadoras, los telefonos táctiles o con teclados pequeños. Lo digo con conocimiento de causa, porque trate sin resultado explicar las bondades de los mensajes de texto cuando no se ven ni las letras por el tamaño!!.

    Y lo más grave –creo- es la incomprensión social de la  situación vital que transitan las personas mayores.

    Porque  estas “barreras”  generan para quien las sufre, una pérdida de autonomía y mayor dependencia del entorno. Puede provocar mas inseguridad para salir solo, y la necesidad de  buscar un acompañante, no siempre disponible.

    Si bien en Uruguay la accesibilidad comienza a pensarse en la década de 1980 y desde los 90 hay una ley que reglamente esta situación aun falta sensibilidad y visibilidad para hacer mas  amigable las ciudades. Hoy son pocos los edificios  donde las personas mayores, o con dificultades  puedan ingresar de forma segura (la junta departamental, la Catedral Metropolitana, el Teatro Solís, el Edificio Sede del BID, la Plaza Independencia unas 30 unidades de transporte publico de la capital.

    Pero debemos mirar a los costados y levantar las barreras que generamos. No cuesta tanto ayudar a una persona  mayor cruzar la calle, aguantando  un semáforo, o dejar  el asiento del ómnibus a quien trae un bastón.  Solo se trata de estar mas atento al otro, que no es mas que nosotros en un futuro. En definitiva se trata de “incluir” , porque con suerte nos va a tocar llegar.  

     

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